Este poema recorre el camino del amor desde la emoción del día de la boda hasta la profundidad de un compromiso vivido en el tiempo. Más que una promesa ideal, refleja una decisión diaria de permanecer, amar y acompañarse “en la salud y en la enfermedad”, cerrando con una sincera gratitud por un amor que perdura.
En salud y en la enfermedad
Viene a mi mente una noche prometida,
ya hace tanto, cual espejismo de ayer;
un remolino de emoción contenida,
nervios y alegría se juntaban en mi ser.
Tu vestido era perfecto, pero más tú;
estabas hermosa y no necesitaba nada más.
Paradójico momento de quietud e ímpetu,
y en un instante, frente a frente, sin más.
Mi corazón palpitaba, casi colapsaba;
tenía tu mano, debía hacer mi promesa.
En ese instante todo el mundo nos miraba,
entonces me vi en tus ojos, ya nada importaba.
Nos prometimos lo que de antemano sabíamos:
que para toda la vida juntos caminaríamos,
que el cálido amanecer cada día nos abrigaría
y que en las frías noches el frío nos encontraría.
Aunque para muchos sonara a locura,
decir sin dudar que nos damos la vida misma;
compañeros hasta el último aliento y más,
sin reservas, en la salud y la enfermedad.
Nuestro más importante testigo, el Eterno,
en sublime gracia nos dio la primera promesa:
que no nos dejaría ni en el más crudo invierno,
que ser tres sería la más grande fortaleza.
Fiel y Verdadero cumplió su promesa,
y lo más impresionante es la certeza
de darnos más, y abundantemente,
de lo que jamás habríamos imaginado.
Que tú, mi vida, a pesar de mí, estás aquí,
tomando mi mano, iluminas cada día.
No soltaré tu mano: eres el amor de mi vida.
Gracias por quedarte y cumplir tu promesa.
Autor: Alexander Soto
